JOSEFINA LICITRA
El agua mala
SEIX BARRAL

Páginas: 152
Formato:
Peso: 0.3 kgs.
ISBN: 978-631-6691-72-9

Se sabe poco de Epecuén. El lugar fue usado como telón de fondo de videos musicales, películas, publicidades y producciones fotográficas, pero siempre fue tomado como una escenografía apocalíptica despojada de historia y de ubicación en el mapa. Tal vez por eso, Josefina Licitra tampoco sabía nada del pueblo. Hasta que a principios de 2012 llegó a las ruinas por casualidad y quedó de cara a un ente fantasmal que arrastraba consigo, sabría después, una historia terrible. En 1985, Epecuén quedó tapado por el agua. Se rompió el terraplén que contenía un lago y las ochocientas personas que vivían allí perdieron no sólo su casa, sino también las coordenadas del pasado. Licitra habló con muchos de ellos. Conoció gente que lloró durante las tres horas de entrevista. Que no puede ir a veranear al mar ('yo no puedo ver el mar; a mi marido le digo: vos andá y a mí dejame con las ventanas cerradas'). Que cierra los ojos y todavía siente el olor a muerto que había en la zona cuando zozobró el cementerio. Y que, cuando mira hacia atrás, recuerda su pago chico como si hubiera sido un vergel. Los damnificados de Epecuén viven siempre en situación de pasado: evocando y penando. En un país que, curiosamente, perdió un pueblo entero bajo el agua y lo olvidó para siempre.

El agua mala

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Se sabe poco de Epecuén. El lugar fue usado como telón de fondo de videos musicales, películas, publicidades y producciones fotográficas, pero siempre fue tomado como una escenografía apocalíptica despojada de historia y de ubicación en el mapa. Tal vez por eso, Josefina Licitra tampoco sabía nada del pueblo. Hasta que a principios de 2012 llegó a las ruinas por casualidad y quedó de cara a un ente fantasmal que arrastraba consigo, sabría después, una historia terrible. En 1985, Epecuén quedó tapado por el agua. Se rompió el terraplén que contenía un lago y las ochocientas personas que vivían allí perdieron no sólo su casa, sino también las coordenadas del pasado. Licitra habló con muchos de ellos. Conoció gente que lloró durante las tres horas de entrevista. Que no puede ir a veranear al mar ('yo no puedo ver el mar; a mi marido le digo: vos andá y a mí dejame con las ventanas cerradas'). Que cierra los ojos y todavía siente el olor a muerto que había en la zona cuando zozobró el cementerio. Y que, cuando mira hacia atrás, recuerda su pago chico como si hubiera sido un vergel. Los damnificados de Epecuén viven siempre en situación de pasado: evocando y penando. En un país que, curiosamente, perdió un pueblo entero bajo el agua y lo olvidó para siempre.